¿Por qué no puedo dejar a alguien que me hace daño? El caso de Carol

06 DE NOVIEMBRE DE 2026

«Sé que me hace daño, pero no puedo dejarle». Es una de las frases que más escuchamos en consulta, y suele venir acompañada de culpa y de la sensación de no entender qué nos pasa.

Si alguna vez te has preguntado «¿por qué no puedo dejar a alguien que me hace daño?», te ayudará conocer la historia de Carol, una paciente que llegó diciendo «quiero dejar de amar». Al final explicamos qué hay detrás y cuándo conviene pedir ayuda.

 

La historia de Carol

Los nombres y algunos detalles de este caso se han modificado para proteger la confidencialidad de la paciente.

Carol entra en consulta por primera vez. Me llama la atención sus ojos de color miel envueltos en un halo de hartazgo, de quien no espera nada en la vida. Cuando toma asiento, lo primero que hace es encoger sus hombros y bajar la mirada, dejando muy claro que la vergüenza es la emoción que más la acompaña durante estos días.

Intentando sonreírle con la mirada y buscar sus ojos esquivos, le hago una pregunta. “Carol, estoy encantado de conocerte por fin, ¿te gustaría comentarme qué te ha llevado a venir a consulta?”.

Tarda varios segundos en digerir la pregunta e intentar buscar las mejores palabras para poder contestar, hasta que al final, sin levantar los ojos, mientras juguetea con sus nerviosos dedos, me contesta: “quiero dejar de amar”.

Y entonces comenzó a hablarme de ella y de su historia:

Carol viene de una vida muy difícil. Sus padres, separados, se conocieron en Barcelona, ella trabajaba de comercial vendiendo sofás en una tienda y él era un “buscavidas” muy atractivo y embaucador, que desapareció del mapa cuando su madre se quedó embarazada de ella, por lo que su madre acabó dejando el trabajo para irse a vivir a Madrid con sus padres, que siempre la estuvieron criticando por haberse dejado embaucar.

En cuanto a su infancia, estuvo marcada por estar rodeada siempre de caras tristes, de grandes silencios, donde su madre apenas jugaba con ella porque trabajaba durante todo el día en unos grandes almacenes, cuando llegaba a casa, apenas tenía fuerzas más que para darle un beso y quedarse con ella hasta que estuviera dormida. Recuerda que esas escenas le hacían sentirse amada y vivía con mucha ansiedad el resto de la semana para estar con su madre el sábado, día que libraba y poder pasar tiempo con ella. Lamentablemente, durante ese tiempo su madre lo pasaba en la cama o echada en el sofá. A veces, recuerda, hablaba con hombres por teléfono, la mayor parte de las veces gritando o llorando.

En el colegio, Carol es muy responsable, cuando lleva las notas a su casa, la cara de su madre se transforma de una tristeza muy grande a una felicidad y, como de un loro se tratara, siempre le repite la misma consigna: “hija, siempre sé así, responsable y luchadora, nunca dependas de un hombre para nada, siempre sé independiente”. Al principio ella no entendía ese empeño de su madre, solo sabía que así su madre estaba feliz, gracias a su esfuerzo, su madre se alegraba y la sacaba de ese estado triste.

A los 23 años, Carol se licenció en periodismo. Disfrutaba enormemente de la lectura, escribir, conocer, aprender y eso la llevó a especializarse como corresponsal en varios países de Sudamérica. Cuando se marchó de casa la primera vez, su madre le recordó la importancia de su carrera, de vivir y disfrutar y ser “lo menos parecida a ella posible”. Con esa frase, se despidió.

Conoció a mucha gente interesante, salía, entraba, disfrutaba, conocía y también… conoció el amor, Mario, un hombre chileno, también periodista, de melena rizada y unos bellos ojos verdes que la cautivaron. Iniciaron una relación muy intensa. A la semana vivían juntos en un apartamento, salían, entraban, reían, hacían el amor… Carol no podía estar más feliz.

Y pasó el primer mes y los primeros problemas. Mario viajaba a menudo como corresponsal para otros países de Sudamérica y apenas se veían una vez al mes. Recuerda mandarle correos todas las mañanas, con el corazón encogido intentando saber cómo estaba, pero las respuestas se volvían escasas, a veces incluso pasaban semanas. Carol dejó de dormir, solo pensaba en los mensajes que ella escribía y analizaba con mucho detalle los escasos y escuetos mensajes de él. Llegó a vivir un infierno hasta que se armó de valor y pasadas dos semanas le llamó desde un nuevo móvil que compró. Él contestó y le dijo que sentía que controlaba su vida y la dejó.

Se paró el mundo, Carol pensó que su vida se detenía. Pidió una baja y se marchó a España a casa de su madre. Ésta la acogió con frialdad, recordándole que le había avisado de no depender de nadie.

Pasados unos meses, en un evento que le tocó cubrir, conoció a Joaquín, un almeriense de profesión mago, que amenizó una velada marcada por las risas, las copas y la cama. Al día siguiente, Joaquín le prometió su vida, su alma y su corazón. Carol se dejó llevar por un ambiente de alegría, donde conoció a mucha gente, pues Joaquín brillaba y todo el mundo le adoraba. Entendió que aquello sí debía ser amor. Pasaron apenas dos meses y se fueron a vivir juntos en una casita que Carol tenía en el sur de Madrid.

Pero luego empezó el otro Joaquín. Un hombre serio, callado, a menudo esquivo, que no compartía su día a día. Por la noche no le veía, pues tenía espectáculos, llegaba tarde, con Carol dormida. Por el día, apenas cruzaba una palabra con ella a pesar de que ella intentaba acercarse. En el día a día, Joaquín se mostraba arisco y hablaba de lo mal que le iba todo y en seguida empezó a decirle que lo tenía que abandonar, que él era una miseria. Carol intentaba levantarle el ánimo pero él solo se escudaba y luego desaparecía.

Un buen día, encontró a Joaquín crispado con su móvil en la mano y le preguntó quién era Carlos. Ella intentando entender la pregunta permaneció en silencio unos segundos, hasta que notó el impacto de su cabeza contra la pared y una sensación de ahogo en su garganta, le tomó un tiempo valorar que Joaquín, con una velocidad y una fuerza impresionante, la agarró del cuello y la estampó contra la pared al tiempo que preguntaba de nuevo: “¿Qué quién es Carlos?”. Allí empezó a notar por primera vez el miedo, sollozando empezó a decirle que solo era el cámara, que era un buen amigo pero que nada más. Mientras hablaba, a lo lejos pudo escuchar un portazo. Estaba hablando sola porque Joaquín se había marchado.

Recuerda el miedo, el miedo a ser abandonada por Joaquín, el miedo a verse completamente sola y comenzó a llorar, a llamar sin mesura hasta agotar la batería, a reventarle a mensajes. Así como recuerda horas después la llegada de Joaquín, completamente desconsolado, bebido y jurándole que jamás volvería a tocarla. Aquello supuso un sentir de calma cálida en su cuerpo, de abrazos y besos a Joaquín que sabían a sal de sus lágrimas. Ella le dijo que él era el único, vio cómo él la necesitaba, ella no necesitaba más.

Pero pasaron más meses y esa calma cesó, siempre había alguien, Pedro, Luis… con idéntico resultado. Cada vez Joaquín más distante y ella más desconsolada hasta que… apareció otro ser en su vida, pero desde dentro. Una nueva vida brotaba en su seno y la alegría de Joaquín volvió a compensar su cada vez más roto corazón. ¡Iban a ser padres!

Su madre acogió la noticia con dolor y amargura. Su hija era presa de un amor que la iba a alejar de la verdadera alegría. Por más que hablaba con su hija, no atendía a razones.

Y nació Juan, un precioso pequeño de ojos negros y mirada alegre. La alegría de la pareja era enorme. Pero de nuevo, todo cambió. Joaquín empezó a ausentarse del hogar, cada vez decía que tenía más trabajo pero llegaban menos ingresos. Hasta que pasado un año, ella decidió buscar el motivo en el teléfono móvil de él. Su corazón se rompió al ver mensajes de muchas mujeres con las que había estado mucho tiempo, aun antes de estar ella embarazada. Cuando se lo comenta, él la insulta, le grita, la acusa de loca, de enferma y sugiere que sabe que ella ha sido infiel y que el hijo de los dos en realidad es de otro hombre, pues no se parece a él. Horrorizada, Carol le golpea hasta que recibe un impacto en su oído y todo se vuelve blanco, en la lejanía un llanto de un pequeño que lo escucha y ve todo.

La historia con Joaquín llegó a su fin, pero no su obsesión por él. Todos los días durante varios años mira sus estados de WhatsApp para ver si está con alguien, llega a acudir a actuaciones para verle actuar. Ha llegado a contratar un espía para ver si está con alguien. Por su parte, él apenas se deja ver, abandona a su hijo alegando que en realidad es de otro hombre y actualmente ella toma antidepresivos, vive con su madre y su hijo y está a punto de perder su empleo.

 

¿Por qué cuesta tanto dejar a alguien que te hace daño?

La historia de Carol ayuda a entender algo que muchas personas viven con culpa: saber que una relación te hace daño no basta para poder salir de ella. En su caso se combinaron varios factores:

  • El miedo al abandono aprendido en la infancia. Carol creció con un afecto que llegaba a cuentagotas y que había que ganarse. Perder a la pareja se vivía como quedarse completamente sola.
  • El ciclo de daño y reconciliación. Tras la primera agresión, Joaquín volvió arrepentido y prometiendo que no se repetiría. Esa calma después de la tormenta refuerza el vínculo y alimenta la esperanza de que todo cambie.
  • La culpa y la vergüenza. Carol había recibido el mensaje de que depender de alguien era un fracaso, y eso la llevaba a esconder lo que vivía y a cargar con la responsabilidad.
  • La confusión entre intensidad y amor. Las relaciones que empiezan muy rápido y con mucha pasión pueden hacer que la incertidumbre posterior se viva como parte del amor.

Detrás de todo esto hay un patrón de dependencia emocional, que puede trabajarse en terapia.

 

Si la relación incluye maltrato

Si tienes miedo a la reacción de tu pareja, sufres humillaciones, amenazas o control, la prioridad es tu seguridad. La responsabilidad del maltrato corresponde a quien lo ejerce: tener dificultades para alejarte no te hace responsable de lo que estás sufriendo.

Si estás en España, puedes llamar al 016: es gratuito, confidencial y está disponible las 24 horas. En caso de emergencia, llama al 112.

 

¿Necesitas ayuda?

En CIPREA, centro de psicología en Madrid, te ayudamos a entender por qué no puedes dejar a alguien que te hace daño y a recuperar tu bienestar emocional. Pide cita con nuestro equipo.

 

 

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