Estoy demasiado cansado para hacer nada

23 DE OCTUBRE DE 2026

Hoy os voy a contar el caso de Luis, un paciente que, como tantas personas con depresión, repetía una y otra vez: «estoy demasiado cansado para hacer nada».

Luis es un hombre de 45 años, casado con Mari Carmen de 41 años y padres de dos hijos, Manuel de 6 y Rubén de tres. Hace cinco años, cambió su puesto de técnico informático en una multinacional para montar su propia empresa de páginas web y SEO. Su pareja, trabaja de auxiliar de enfermería en un hospital privado.

Luis estaba muy descontento en su trabajo anterior. Su horario laboral era de ocho de la mañana a cinco de la tarde, sin embargo, a menudo se tenía que quedar como apoyo a sus compañeros, ya que la demanda exigía más recursos para sacar adelante el trabajo. Sus jornadas podían llegar fácilmente a las nueve de la noche y luego, sacar al menos un par de horas más en casa, por no hablar de fines de semana, donde tenia que sacar aún más tiempo. Aunque le pagaban horas extra, su vida se limitaba a trabajar todos los días en datos. A parte del cansancio diario, se unía a discusiones con Mari Carmen, especialmente cuando llegó Manuel.

Un verano, Luis tomó la decisión con un amigo de montar poco a poco un negocio de páginas web, al principio le ilusionó bastante y vio que podría ser una alternativa fácil al cambio de trabajo y también a la gestión familiar, así que se embarcó en una sociedad y poco a poco, sin dejar sus trabajos, iban consiguiendo clientes. La jornada laboral creció aún más, pero Luis se justificaba ante Mari Carmen, que en cuanto pudiera vivir de esto, se retiraría de su trabajo actual. Esto dio lugar a fines de semana completos de trabajo, vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano incluidos, por no hablar del tiempo pegado al teléfono móvil y redes sociales. pero finalmente, un día de mayo, le salió las cuentas y pudo dar el salto, ahora todo iba a cambiar.

Y… cambió, pero no fue lo que él esperaba. Los dos primeros años, el trabajo llegó como una exhalación. La pandemia había cambiado todo el panorama digital y eran muchos los clientes los que llamaban y Luis, por aprovechar la ola, siguió cogiendo más y más trabajo en los dos años siguientes, por no hablar de que Manuel era demandante de su padre al que casi no veía y le hacía pasar unas noches toledanas. Luis no descansaba y le costaba mucho rendir en el trabajo, cada vez se sentía más y más agotado y lo que es peor, no veía posibilidad que el ritmo decreciera. Por fin cogió fuerzas y animado por Mari Carmen, decidió hablar con su socio y plantearle la posibilidad de coger a alguien.

Haciendo números, decidieron contratar a Marieta, que alivió mucho el trabajo de Luis, sin embargo, empezó a notar que su capacidad de concentración no mejoraba, es más el tenía menos trabajo pero le costaba mucho atender, memorizar y aunque sacaba el trabajo, necesitaba dedicarle más horas a algo que antes le dedicaba menos. Incluso empezó a tener problemas con su socio.

Entonces llegó Rubén, un encantador bebé que vino al mundo con una idea muy concreta: quería verlo todo, tocarlo todo y dormir era algo que podía esperar. Las noches eran agotadoras porque Rubén no dormía. Al día siguiente se tenía que enfrentar con el trabajo y aunque la cosa iba bien (el kit digital animaba a muchas empresas a dar el salto), empezaron a llamar muchos clientes descontentos con la incapacidad por parte de la empresa de cumplir objetivos, motivo pro el que decidieron contar con dos trabajadores más, eso dejaba a Luis con más tiempo para dedicarse a cosas más concretas e incluso para tener tiempo libre, lo que fue acogido por Mari Carmen y el propio Luis como el paraíso, por fin iba a tener tiempo para los niños, para ella e incluso para él.

Y llegó el cambio. Luis lo describió más adelante en terapia como el botón del pause. Se levantaba pronto, desayunaba y se ponía con el ordenador, pero… no era capaz de entregarse a sus tareas, se quedaba mirando redes sociales, videos en Youtube y se descargo tres plataformas digitales para ver películas y series. Al principio era poco rato, pero cada vez era más tiempo. Como pasaba la mayor parte del tiempo en casa, por miedo a que Carmen le pillara, se encerraba en el despacho con llave y se ponía cascos. Podía llegar a pasarse tres horas por la mañana viendo series y otras dos por la tarde. El resto del tiempo contestaba correos.

Pasó el tiempo, y Luis cada vez estaba más cansado, se levantaba más tarde, pasaba más horas viendo series, acumulaba más el poco trabajo que tenía, comía más a deshoras, y había veces que no se acordaba si se había duchado o no. Con sus hijos apenas tenía energía para jugar y rara vez les sacaba al parque. Carmen, preocupada, no entendía porque su pareja pasaba tantas horas trabajando y no sacaba trabajo, además le veía abatido, sin energías, sin ganas para hacer nada, ni siquiera un paseo. Cuando ella le preguntaba, él siempre respondía lo mismo: estoy demasiado cansado para hacer nada.

Por otro lado Luis empezó a cambiar sus horarios de sueño, por la noche se quedaba dando vueltas a lo que no había hecho y por las mañanas, era tal el cansancio que no podía mas que entregarse a las series y echarse siestas. Respecto a su socio, estaba enfadado y harto de tener que tomar él todas las decisiones, pues Luis se veía incapaz de tomar ninguna.

Un buen día, se levantó pensando lo bien que estaría durmiendo para siempre, bajo tierra y se asustó. Cogió a Carmen, se lo comentó y ésta, asustada, decidió acompañarle al médico de cabecera, quien, después de escucharle le recomendó terapia, pautó una medicación y escribió una frase en la hoja diagnóstida: depresión.

Cuando se lo enseñó a Carmen, Luis no entendía nada, el no estaba triste, solo estaba cansado, cansado de la vida que llevaba y sin ganas de hacer lo que antes le gustaba, como si no tuviera energía. Cuando llegó a mi consulta, le expliqué que exactamente eso es la depresión: apatía (sin energía), anhedonia (lo que antes me gustaba, ahora no me interesa nada), abulia (con ganas de dormir todo el tiempo), por no hablar de las dificultades de concentración, falta de hábitos saludables y sensación de que me estoy perdiendo la vida.

Le propuse a Luis un cambio en su vida: empezar a hacer actividades para mantenerle activo y fue muy tajante: Juanjo, estoy demasiado cansado para hacer nada, solo necesito estar un poco mejor y empiezo. Esta frase, es la frase más repetida por alguien que tiene depresión y yo siempre les digo lo mismo: no hay que estar bien para hacer cosas, sino hacer cosas para estar bien.

Tras varios meses de terapia cognitivo conductual, Luis consiguió empezar a retomar hábitos que le llevaron a una buena conciliación laboral y familiar, además empezó a tener energías y a cuidarse. Más adelante, se vio la necesidad de trabajar algunos aspectos de su vida que le habían generado heridas y le habían dificultado poner límites, por lo que se trabajó con el método EMDR y también dimos algunas sesiones de terapia de pareja desde el  enfoque sistémico. Finalmente, Luis se recuperó y acordamos dejar la terapia antes de verano. Si tú también te sientes identificado y piensas a menudo «estoy demasiado cansado para hacer nada», recuerda que no tienes que esperar a estar bien para pedir ayuda: dar el primer paso es parte de la recuperación.

 

 

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