¿Por qué descansar puede producir ansiedad? Cuando las vacaciones sacan a la luz lo que llevábamos meses evitando
10 DE AGOSTO DE 2026
¿No debería sentirme mejor?
Aunque pueda resultar contradictorio, descansar puede producir ansiedad cuando el organismo lleva demasiado tiempo funcionando en estado de alerta. La historia de Marga nos ayuda a entender por qué sucede.
Marga lleva desde noviembre quejándose de dolor de cuello. Largas jornadas con una postura mal adaptada frente al ordenador, intensas reuniones, recoger a los niños del colegio, las actividades extraescolares, preparar la cena y acostarse tarde, pendiente de dejar todas las tareas preparadas para el día siguiente.
Según van pasando los meses, Marga pide una ayuda extra. Consigue meter a sus hijos en una ruta que les lleva directamente al colegio y luego a casa. Es un esfuerzo económico, pero siente que así puede tener más margen para acabar el trabajo y llegar a casa más descansada. Por otro lado, su marido se compromete a llegar antes y estar pendiente de los niños, para que puedan repartirse mejor el trabajo.
Pero… el dolor de cuello no mejora, sino que empeora. Además, siente que, a pesar de estas ayudas extras, no es capaz de dejar organizadas las cosas y eso la obliga a acostarse más tarde y a dormir menos horas.
Vuelve a hablar con su marido y redistribuyen mejor las tareas. Incluso contratan a alguien que pueda ayudar por las tardes para que ella pueda estar un poco más descansada. En este momento, meter a alguien supone una inversión económica importante, pero, de esa forma, Marga puede intentar hacer algo de deporte e incluso acudir al fisio, a fin de que su dolor de cuello pueda mejorar un poco.
Después de tomar estas decisiones y redistribuir funciones, Marga se siente más desahogada y puede empezar a cuidarse más. En ese momento todavía no sabe que, después de tantos meses de tensión, descansar puede producir ansiedad.
Le llama la atención lo que dice el fisio: “Marga, lo que tienes no es una lesión, tiene un origen tensional”.
“Pero me duele mucho y no mejora”, contesta ella. “¿Cómo puede tener un origen tensional si he eliminado todas las tareas que me exigen esfuerzo?”.
Van pasando los meses y, ciertamente, el dolor se alivia, pero no desaparece. Por si fuera poco, Marga nota que duerme, pero no descansa y, en ocasiones, siente un fuerte dolor en el pecho al que, al principio, no da importancia. Piensa para sí misma: “Igual son gases”.
Un buen día, su marido llega con una sonrisa y comenta a Marga que le han dado un bonus extra y que en verano pueden organizarse para tener unas vacaciones como Dios manda. Un resort donde podrán descansar a golpe de sol y tumbona, en un todo incluido, con actividades para niños y socorristas por todos los rincones de las diez piscinas que tiene el resort.
Marga se visualiza descansando, tomando el sol, bebiendo mojitos y viendo a sus hijos divertirse en actividades sin parar, junto con chiringuito, playa… La vida padre, vamos.
Pero, cuando un cuerpo lleva meses funcionando en estado de alerta, descansar puede producir ansiedad, aunque aparentemente no exista ningún motivo para sentirse mal.
Junio y julio son meses especialmente duros, en los que hay reuniones sin final, cierre de ejercicios del trimestre y hay que dejarlo todo preparado para el verano. Los niños están en casa aburridos como monas, a pesar de que consiguen meterlos en los campamentos del colegio, que duran hasta la tarde. Eso hace que, más o menos, se sobreviva al final del día.
Marga comienza de nuevo a sentir ese dolor en el pecho y su dolor de cuello se acrecienta. “No queda nada”, se dice. “En el resort voy a descansar de verdad”.
¡Y llegan las vacaciones! Maletas, coche, rumbo al resort y, por fin, a descansar. Llegan al hotel: todo limpio, inmaculado, espectacular. El paraíso en vida, vamos.
Dejan las maletas, se ponen el traje de baño y los niños salen corriendo como locos hacia la actividad de agua que hay en el hotel. Marga se sienta en la hamaca más cómoda con ese libro que no ha leído desde el verano pasado por falta de tiempo y se pide un mojito.
Pasa un rato y se nota incómoda. Otra vez el dolor de cuello. Se toma el mojito y nota un dolor fuerte en el pecho. “A lo mejor está muy frío y he bebido muy rápido”. Siente que el aire se le hace pesado, le va faltando el aire y la mirada comienza a estar borrosa.
“¿Qué me está pasando?”. Puede sentir los golpes del corazón en el pecho, se encuentra muy mareada y le dice a su marido que cree que le está dando un infarto. Cada vez respira peor e intenta, a cuatro patas, mantener la respiración, pero no lo consigue.
Un camarero alerta rápidamente al hotel, que enseguida avisa a los sanitarios. Todo el mundo está mirando. Qué miedo y qué vergüenza.
El sanitario le da rápidamente un Orfidal y nota cómo el corazón se calma, sus manos ya no tiemblan tanto y se siente tremendamente agotada. Se va a la cama del hotel y duerme durante casi dos horas. Se levanta con una sensación de resaca tremenda y el dolor de cuello no se le va. No entiende nada y llora en la ducha mientras intenta relajarse un poco.
Al día siguiente, su marido se empeña en llevarla al centro médico. Marga está convencida de que le ha dado un infarto, un ictus o de que está muy enferma.
El médico, después de evaluarla, teclea algo en el ordenador con bastante parsimonia y le receta un ansiolítico. Cuando los ojos de Marga y su marido le interrogan, el médico se encoge de hombros y dice una palabra lapidaria: ansiedad. Recomienda terapia psicológica y que estos días de vacaciones aproveche para descansar.
Marga no entiende nada. ¡Pero si está de vacaciones! En ese momento empieza a descubrir que descansar puede producir ansiedad cuando el cuerpo no consigue desactivar el estado de alerta acumulado durante meses.
Esta historia de Marga está basada en mil historias reales que los psicólogos vemos habitualmente en terapia, a veces con llamadas incluso en agosto, en medio de una crisis aguda.
¿Por qué descansar puede producir ansiedad?
Para comprender por qué descansar puede producir ansiedad, debemos analizar qué le está sucediendo al organismo de Marga.
Marga lleva todo el año con el sistema nervioso simpático activado, en modo supervivencia. No olvidemos que nuestra evolución nos ha hecho más inteligentes, pero tenemos un sistema muy complejo y, a la vez, muy simple de actuar en modo alerta.
Así, cuando Marga está pendiente del trabajo, del colegio, de los niños, de pagar a todas las personas que la están ayudando o de intentar dormir bien, su cerebro interpreta todo con una señal de peligro.
Por tanto, su corazón bombea sangre a lo bestia para mantener los músculos tensos frente a un ataque. La respiración se hace, aunque ella no se dé cuenta en ese momento, mucho más rápida y obliga al diafragma a empujar los pulmones hacia arriba, lo que lleva a una compensación de la caja torácica (de ahí el dolor en el pecho).
Por otro lado, esa gran activación lleva a sobrecargar el cuello, con los hombros compensando una postura que, al final, hace que la tensión se propague por el cuello y la cabeza, llegando a sentir una tensión constante que ella misma mantiene. Marga tiene ansiedad.
Pero, atención, Marga lleva meses así. Su sistema nervioso simpático mantiene una activación que produce un gran desgaste y tira de la hormona cortisol para mantener activo durante más tiempo un cuerpo que ya está superactivado.
Cuando llega el verano, la mente de Marga está en “modo descanso”, pero su sistema nervioso simpático forma parte del sistema nervioso autónomo, que se llama autónomo porque va completamente a su “bola”, y mantiene la misma respuesta de activación.
Solo que esta vez, como Marga no está ocupada intentando llegar a las mil cosas, comienza a ser consciente de que mantiene un ritmo de respiración pesado para poder sostener el bombeo constante del corazón. También es consciente, con más fuerza, de la dilatación pupilar como consecuencia de la respuesta de lucha o huida, que nos permite salir corriendo cuando huimos de un lobo y tener una mejor visión periférica.
Sin embargo, en una hamaca no tiene demasiado sentido y da lugar a una sensación muy desagradable de visión borrosa y percepción de mareo. Todo esto nos permite comprender cómo descansar puede producir ansiedad después de un periodo prolongado de tensión y sobrecarga.
Ante esa extrañeza y esas sensaciones, que siempre ha tenido pero de las que ahora, durante las vacaciones, es más consciente, Marga se va poniendo más nerviosa, activa todavía más su sistema nervioso simpático y propicia que aparezca el temido ataque de ansiedad.
¿Qué es lo que le pasa a Marga? Pues un vulgar ataque de ansiedad como consecuencia de un ritmo frenético de vida y, probablemente, de una mala gestión emocional, seguida de una gran capacidad de autoexigencia para poder llegar a todo.
Si te identificas con la historia de Marga, sientes que no consigues desconectar o notas que la ansiedad aparece precisamente cuando intentas parar, consultar con un psicólogo puede ayudarte a comprender qué está sucediendo y a aprender a gestionar estas sensaciones.
En CIPREA Psicólogos estamos aquí para escucharte y acompañarte. Puedes contactar con nuestro equipo y solicitar una cita con un psicólogo en San Sebastián de los Reyes o con un psicólogo en Madrid. Juntos podremos trabajar para recuperar tu bienestar emocional y conseguir que descansar vuelva a ser realmente reparador. Pide una cita con nosotros.
Descansar Puede Producir Ansiedad | Psicólogo en Madrid